Pues ya está. Siete meses y veintisiete días. Eso es lo que ha tardado Elisa en caerse. En darse una leche mo-rro-co-tu-da . Elisa, para los que no lo sabéis, es mi hija. Y se nos ha caído. Así, con esa facilidad que tienen los niños para caerse, que un momento están donde tienen que estar y un momento después están siguiendo las leyes de la gravedad y besando el suelo. Ha sido la primera. Y presiento que no va a ser la última. La caída fue hace unos días, y nos ha deparado dos buenas noticias. La primera es que no le ha pasado nada (de lo contrario no estaría yo aquí tan pancho escribiendo mi blog mientras ella se dedica a seguir haciendo pruebas de la ley de la gravedad, eso sí, esta vez con sus juguetes, que como decía el ministro, los experimentos en casa y con gaseosa) . La segunda buena noticia no es para nosotros. Es para su futuro. Ahora me explico. A Elisa probablemente algún día le duela algo. Es lo que tiene esto de vivir, que de vez en cuando te despiertas con...
Porque lo que es Ciencia, es Ciencia, a secas. Porque el Arte es otra cosa. Y porque todo lo demás es Zienzia y Harte.