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miércoles, 2 de enero de 2019

Sumas

Se acabó el año. Y como siempre es momento de hacer repaso, de echar cuentas. Momento de sumas y de restas, de poner números, hacer la raya, y ver resultados. Vamos a ver las cuentas del 2018.

Suman mis peques, Tristán con sus pasitos, y Elisa, con sus historias. Ambos con las emociones que regalan. El mejor resultado de este 2018 seguís siendo vosotros. Gracias, Maribel. Hay sumas que tú eres capaz de convertir en multiplicaciones. 

Suma Fisiolab. Proyecto de mi socio al que me sumé hace ya cinco años, y que sigue creciendo. Suma hacer las cosas de una manera en la que crees que tienes que hacerlas. Suma hacerlas acompañado de gente en la que confías y que confían en ti. Suma construir algo que te permite hacer la profesión que quieres del modo que quieres, sin deber favores, sin perder el sueño. Suma poder hacerlo sin preocuparse por diez euros más o menos. Hay sumas que si solo las miras por un lado parecen restas.

Suma saber que alumnos a los que ayudaste a aprender andan ya trabajando. Suma que otros compañeros los reconozcan. Suma saber que hoy son compañeros míos y que quizás, mañana, traten a alguien a quien yo quiero. Hay sumas que arrojan un resultado positivo solo después de mucho tiempo.

Suman 356 personas que te dan la confianza para que hagas de su profesión (y la tuya) algo mejor. Suman también los 292 y los 282 que pensaron que había proyectos mejores que aquellos en los que tú estabas, suman porque hacer las cosas bien requiere de mucha gente sumando. Suma el equipo que me acompañó en el viaje. Ojalá dentro de unos años hayamos sumado muchos más. Hay sumas que necesitan de muchas sumas para salir. 

Suman mis amigos. Los de siempre. Los que llegaron hace menos tiempo. Suman con su apoyo, con su abrazo, con su paciencia. Hay sumas que se han quedado cortas. Se me ocurren muchas, pero me quedaré solo con una. Se queda corto el tiempo para pasar con toda la gente a la que quiero, para responderos con una llamada, para tomarme un café con vosotros. Hay sumas que si no las divides, no valen nada.

Suma también la báscula. Y esta no debería haber sumado, de propósito para este año será hacer que reste. Suma pasos el cuentakilómetros de mi muñeca. Y suma el calendario, que siempre suma. En el 2018 sume los 40 años de vida, y en el 2019 sumaré 20 como profesional. Media vida. Hay sumas que al ver el resultado te preguntas como ha podido salir así.

Y suma mi madre. Aunque su cabeza ya no suma sino que resta. Resta recuerdos que ya no recupera. Resta nombres, objetos, rutinas, guiones. Hay restas que duelen tanto que no hay suma que las iguale.

Os deseo un 2019 lleno de sumas. Y con un resultado en positivo.

lunes, 9 de julio de 2018

Los dos hombres más importantes de mi vida.

Marcelo y Tristán. No se me ocurre una manera mejor de resumir (y de autofelicitarme) los cuarenta años que hoy cumplo que hacerlo citando para ello a los dos hombres más importantes de mi vida y que por diversos motivos no van a poder felicitarme hoy. Marcelo y Tristán. Alfa y Omega. Los cuarenta que se van y los cuarenta (espero) que llegan. 

Marcelo fue el primero. Estaba allí el día que nací. Bueno, no. Era de una época en que la mayoría de los hombres no estaban en las maternidades. Cuentan las crónicas que cuando le dijeron que su mujer había tenido un hijo varón saltó hasta casi darse con el techo (él, con su metro sesenta escaso.... claro, que las crónicas son las de dos hermanas que por aquel entonces no llegaban a los ocho años.... vamos, que se alegró mucho). Resumir mis cuarenta años en boca de mi padre no sería un trabajo fácil. Entre sus grandes habilidades no puedo recordar que estuviese la de ser un gran contador de historias. Pero tuvo siempre otras cosas. Para empezar, un trabajador incansable. Una ética del trabajo que me gustaría de alguna manera decir que llevo dentro. Recuerdo algunos sábados de mi infancia acompañándole al almacén de recambios donde trabajaba.... me sorprendía la facilidad con la que todo el almacén estaba en su cabeza, números de referencias que empezaban todas igual, 7700, que parecían todas iguales, se materializaban como piezas diferentes exactamente en el pasillo, en la estantería, en la caja en la que él iba a buscarlas. Estos días, viendo el vídeo de esa hija que se presenta en la obra de su padre para honrarle y agradecerle su título universitario, se me humedecen los ojos. Mi padre (y por supuesto mi madre, claro) hizo todos los esfuerzos para que sus hijos tuviesen los estudios que ellos no habían podido tener. Y nos lo supieron transmitir tan bien que no hemos sabido dejar de estudiar. 

He dicho que entre los dones de mi padre no estaba el de contador de historias. Pero entre los muchos recuerdos que me quedan de él hay uno imperecedero. "¿Quieres que te diga unas palabritas?" Era su frase mágica el día antes de empezar el curso, incluso antes de empezar un trabajo. Las mismas frases todos los años. Respeta a tus compañeros. Respeta a tu profesor (o a tu jefe). Sé puntual. Lleva todas tus cosas en orden. Estudia (o trabaja) duro. Se limpio. Se amable. No le quites nada a nadie, si te falta dímelo, que lo compramos... todos los años lo mismo... escucharlo durante la infancia, durante la adolescencia (es decir, sin escucharlo), durante la primera juventud... pues el caso es que al final se te queda. No se si sería porque lo decía. Creo seguramente porque él lo hacía. Ahora lo llaman ética del trabajo. O ser la mejor versión de ti mismo. Para mí, como para mis hermanas eran solo unas palabritas. Gracias.

Me llamo Torija, Marcelo Torija


Tristán no ha conocido a Marcelo y lo siento mucho por los dos. Él acaba de llegar, con sus diez meses, con su energía increíble, con sus ganas de descubrir el mundo, como si tuviese prisa por llegar. Con él se cierra el capítulo de mi paternidad. De él puedo contar poco. Estuve allí el día que nació. Rubio. Ojos azules. Los que me conocéis os habréis dado cuenta, exactamente igual que yo. Lo que importa de Tristán (y de Elisa, también de Elisa) es que me ponen de nuevo delante de Marcelo. Intentar ser la mejor versión de mi mismo para ellos. No se si pasaré con vosotros todo el tiempo que necesitaréis. No se si sabré enseñaros todo lo que os hará falta. Se que os miro y pienso que quiero hacer las cosas lo mejor posible. Y que a veces no se. Entonces pienso (y aquí es cuando más lo hecho de menos) que palabritas tendría mi padre para su hijo. Qué consejos me daría su paternidad. Y entonces,  solo entonces, me doy cuenta de que los errores que pudiese haber cometido son nimiedades en comparación con los aciertos que tuvo. Espero que dentro de cuarenta años Tristán me pueda juzgar con la misma benevolencia. Por ahora espero que siga destrozando torres, jugando y riendo.

¿Qué referencia será esta rueda?

Muchas gracias por felicitarme.

P.S: Otra de las "palabritas" de mi padre, esto ya un poco más de mayor. "Si alguna vez vas a tomar algo con tus amigos y los demás han pagado una ronda, no te vayas sin dejar pagada una". Luego, estudiando Psicología, descubrí que tacaño y pesetero eran palabras despectivas en cualquier idioma. Pues eso, tuve la suerte de un padre que supo enseñarme todas esas cosas.

viernes, 26 de enero de 2018

Siguiendo

"Ante la página en blanco, la pregunta abierta, ¿por qué? ¿por qué un blog? ¿por qué ahora? ¿para decir qué? ¿para decírselo a quién?..."
Torija L.  Llegando. zienziyharte. 2014 (1) 16 enero


Cuatro años. No había caído en la cuenta del tiempo que llevaba el blog abierto hasta el otro día cuando escribí la última entrada "Non plus ultra". No había vuelto a leer el primer post. Un post que llevaba por título un subjuntivo, porque como dice mi buena amiga Montse citando a Ortega y Gasset "No somos participio. Somos gerundio. No estamos hechos del todo sino que poco a poco nos vamos haciendo". Pues eso, yo en estos cuatro años me he ido haciendo. A fuego lento.

Cuatro años son un ciclo olímpico. Cuatro años son un momento tan bueno como cualquier otro para echar cuentas, para hacer resumen, para fijar objetivos. Para darse respuestas. Vamos a ver si en estos 4 años he encontrado alguna. 

¿Por qué un blog? Seguramente porque necesitaba pensar en voz alta, compartir mis dudas, mis hallazgos. Compartirme un poco como una forma de agradecer lo que otros blogs me estaban aportando. Es cierto que incluso la propia palabra "blogsfera" se ha quedado anticuada. Y que quizás los blogs hayan perdido su sentido. Pero en ese momento era una herramienta poderosa para ponerse en contacto con la gente. Y yo, ¿qué tenía que decir? ¿a quién? Yo quería hablar de fisioterapia, de comunicación. De problemas de la profesión y de los profesionales. Quería hablar, a veces ironizar, sobre la profesión, como medio para que el que quisiese pensar pensase. A favor. En contra. Pero que pensase. Quería diálogo e he intentado cumplirlo. A veces tengo la sensación de que la profesión ha pasado del diálogo a los gritos. O quizás en el fondo hemos sido siempre una profesión de dialogar gritando (ea, otro gerundio). Tenemos una profesión que se está haciendo. 


Y yo, ¿qué he estado haciendo en estos cuatro años? He sido padre. Y he vuelto a ser padre. Y estoy siendo padre, porque desde luego tengo claro que eso si que es algo que está continuamente en movimiento. Elisa. Tristán. Aprendizaje constante. Gracias.
Aprendizaje también de mis alumnos. Hace 4 años estaba recién aterrizado en la UEM (gracias siempre Ana, por convocarme para este partido y darme los primeros minutos). En cuatro años he tenido la suerte de encontrar compañeros enormes en todos los sentidos. Gente que verdaderamente sabe. Gente que disfruta enseñando. Gente con ganas de aprender. Gente que podría escribir, describir y enseñar lo que es la palabra Resiliencia (otra de esas palabras que hemos tenido que aprender a decir en estos cuatro años).
Hace cuatro años no tenía una clínica. Ahora la tengo. Fisiolab. (Y es la primera vez que la menciono por aquí). Un pequeño espacio donde intento hacer la fisioterapia que defiendo, porque el movimiento se demuestra andando (gerundio dixit) y la fisioterapia es cada vez más, movimiento. Gracias Alberto por soñar y trabajar conmigo.
Y sobre todo gracias Maribel, por cualquiera de las cosas que haya pasado en estos cuatro años. Dije una vez hace tiempo que las personas con las que escogemos pasar nuestras vidas son lo más importante. A ti te he escogido. Dos veces. O más bien has sido tú la que me has escogido a mi las dos. Amando.


Y ahora, ¿qué? ¿Cuál es mi objetivo para el próximo ciclo olímpico? ¿Dónde me veo en enero del 2020? Da un poco de vértigo pensar en esa distancia.... vamos por partes... acabar psicología y un Master no estaría mal. Seguir aprendiendo. Seguir enseñando. Seguir escribiendo. Seguir compartiendo mis dudas. Seguir creciendo como profesional y seguir ayudando a la profesión a crecer. Seguir disfrutando de mis peques (dentro de 4 años ya no serán tan peques), de mis trabajos (de todos mis trabajos), de mi gente (de toda mi gente). Seguir compartiendo con vosotros mis ideas.

Pues eso. Agradeciendo. Siguiendo



sábado, 24 de enero de 2015

La primera en la frente.... o en cualquier otro lado

Pues ya está. Siete meses y veintisiete días. Eso es lo que ha tardado Elisa en caerse. En darse una leche mo-rro-co-tu-da. Elisa, para los que no lo sabéis, es mi hija. Y se nos ha caído. Así, con esa facilidad que tienen los niños para caerse, que un momento están donde tienen que estar y un momento después están siguiendo las leyes de la gravedad y besando el suelo. Ha sido la primera. Y presiento que no va a ser la última. 

La caída fue hace unos días, y nos ha deparado dos buenas noticias. La primera es que no le ha pasado nada (de lo contrario no estaría yo aquí tan pancho escribiendo mi blog mientras ella se dedica a seguir haciendo pruebas de la ley de la gravedad, eso sí, esta vez con sus juguetes, que como decía el ministro, los experimentos en casa y con gaseosa). La segunda buena noticia no es para nosotros. Es para su futuro. Ahora me explico.

A Elisa probablemente algún día le duela algo. Es lo que tiene esto de vivir, que de vez en cuando te despiertas con dolores, será por su trabajo, será por el estilo de vida que tenga o será por lo que tenga que ser. Y probablemente cuando le duela algo vaya a un fisioterapeuta a que le miren (intento no tratar familiares si las circunstancias me lo permiten). Pues la buena noticia es para ese fisioterapeuta del futuro, que cuando la explore por su dolor de cuello, o de cabeza, y antes de haber descartado otras hipótesis mucho más plausibles, le podrá preguntar "¿Y no sería que de niña te llevaste algún golpe fuerte?". Pues sí, Elisa se ha llevado un golpe. Como todos. Y en fisioterapia recurrir a esos golpes de los primeros años de vida a falta de una explicación mejor es como esos psicólogos que lo resuelven todo con un trauma con tus padres. Y si les dices que tu no has tenido ningún trauma con tus padres pues te responden tan ufanos que eso es lo que tú te crees, pero que el trauma está ahí....

Pues eso, que todos nos hemos llevado golpes en la frente. Y en los morros. Y en las caderas. Y en la mayoría de los casos no van a ser los responsables de nuestros dolores futuros. Pero hay mucho sanitario (fisioterapeuta y no solo)  al que lo de los traumas pasados les mola mucho. Sobre todo porque no se pueden tratar, porque no se pueden curar... porque sabes, eso siempre va a estar ahí y de vez en cuando te va a estar dando problemas.... en fin, a lo mejor esa manera de pensar se debe a un golpe que se llevaron cuando eran pequeños, y por eso también está siempre ahí...

Muchas gracias y buena lectura

lunes, 25 de agosto de 2014

Vacaciones

Hoy no me apetece hablar de fisioterapia. Hoy estoy de vacaciones, así que hablaré de eso. De las vacaciones que fueron, de las que son, de las que serán. Como si Dickens hubiese decidido mandarme sus fantasmas para un cuento de verano.

El fantasma de mis vacaciones pasadas tiene un color, el verde. Y un olor, el que emana del cuerpo de los animales durmiendo en un pajar. Creo que todas mis vacaciones, o al menos todas las que recuerdo, tienen como epicentro una aldea perdida en el corazón de Galicia. Aldea suena incluso pretencioso. Más bien ocho casas mal dispuestas y mucho bosque alrededor. En el centro de ese epicentro la casa de mi abuelo, un pajar, que por allí se llama palleira, y vacas, cerdos, gallinas, perros... Me recuerdo siempre mirando los ojos de las vacas, esos ojos grandes y limpios, ¿cómo nos verán ellas? Pero mis vacaciones no solo eran vacas. Lo mejor de aquellas vacaciones, lo que hace que pertenezcan para siempre al terreno dorado de la infancia es la presencia de la familia alrededor, madre, padre, hermanas. Abuelos míticos y vivos. Bisabuelos mitológicos y muertos, tíos, primos, gente de paso... no siempre bien avenidos, pero siempre juntos, alrededor de una baraja de cartas, de un horno de cocina en una tarde de lluvia (sí, en Galicia a veces llueve), comiendo pulpo o churrasco, sacando patatas o maíz, según tocase. Viajando todos juntos encima de un carro de hierba recién cortada... no sé como eran las vacaciones de los demás niños. Las mías fueron perfectas. Mil gracias a los que las hicisteis posibles.

Luego crecí. Y quién sabe si por esa parte de sangre del noroeste que llevo en las venas me hice emigrante. Y como buen emigrante seguí religiosamente respetando esa cita. Todos los años, el verano me encontraba puntual en Berres (sí, la aldea tenía incluso un nombre). Como si ese viaje me devolviese momentaneamente a la infancia. Ya no estaban mis abuelos. Algunos primos no aparecían por allí. Mi padre dejó de viajar para siempre hace unos años. Ya no quedaban vacas, ni perros ni gallinas. Pero algo me seguía llevando en aquellos campos a mi infancia.

Este año no. Este año, por vez primera mis vacaciones no pasan por Galicia. Y sin embargo tienen un olor inconfundible. Más reciente, más rico, más fresco. Mientras escribo estas líneas en La Vera (y que nostalgia de alguna tarde de lluvia o de un poco de niebla, carallo) Elisa duerme con su madre. Mis vacaciones de este año huelen a su leche, a su piel sudada. Tienen el sonido de sus llantos, de sus primeras vocalizaciones. Serán, por diferentes, únicas. Nunca tan poco me importó el qué hacer, el dónde ir, o el qué ver. En este momento todo lo llena su presencia.

¿Y mis vacaciones futuras? No sé ni dónde ni cómo. Durante tiempo pensé que era el sitio lo que hacía maravillosas mis vacaciones, luego, a medida que el sitio permaneció inmutable y fueron faltando los actores me di cuenta que eran las personas que la poblaban las que hacían de aquella casa un sitio mágico. Me gustaría que todas mis próximas vacaciones fuesen para Elisa ese lugar mítico y mágico al que volver cuando de mayor se sienta un poco perdida. Cuando la adulta que será tenga morriña de la niña que todavía no es. Será mi manera de seguir agradeciendo las vacaciones que yo tuve... 

Gracias y buena lectura.

sábado, 12 de julio de 2014

Tener un libro. Escribir en un árbol. Plantar un hijo.


            "Aquí el más tonto hace relojes".  Esta era una frase que repetía constantemente uno de los entrenadores que tuve cuando me dedicaba al noble ejercicio de perseguir y patear una pelotita en pantalón corto. La verdad es que nunca llegué a entender bien la frase (el deporte tampoco, me pasaba más tiempo en el banquillo que jugando) pero a base de escucharla y escucharla se me quedó grabada. Y hoy, pensando en lo que iba a escribir para este post me ha venido a la mente.

            Soy padre. O para ser más exactos, estoy en el proceso de aprender a serlo. Porque lo de la paternidad es uno de esos aspectos de la vida en los que te dan un título sin hacerte ningún examen, y luego ahí te las apañes tú para aprender lo que eso significa y lo que tienes que hacer. Eso sí, no os preocupéis si no lo tenéis claro, porque si hay algo que ya he aprendido es que tienes más libros sobre la paternidad/maternidad de los que te va a dar tiempo a leer a lo largo del embarazo.  Como decía al principio, aquí el más tonto hace relojes, y entre reloj y reloj escribe libros sobre como cuidar a los niños.

            Creo que existen frases malinterpretadas. La de "Plantar un árbol. Tener un hijo. Escribir un libro" es una de ellas. Mucha gente la entiende por "plántate en un árbol y escribe un libro sobre tener un hijo". Claro, así nos va. Hasta hace dos meses yo pensé que el argumento sobre el que más opinaba la gente era sobre deporte y sobre el tiempo, como si todo el mundo fuese meteorólogo y seleccionador nacional. Ahora ya se que no. Lo que tiene todo el mundo es un Master en Pedagogía, Pediatría y Puericultura. En el momento en el que tienes un hijo te das cuenta de que lo de la fisioterapia no es intrusismo... Es más fácil encontrar un libro sobre bebes en una librería que un artículo de Fernández de las Peñas en una búsqueda bibliográfica... A lo mejor incluso tiene ya algún artículo sobre los bebes... 

            Imagínate que vas por la calle con un vendaje en la mano y la gente se te acercase a preguntarte como estás. Eso es lo que pasa cuando vas con un niño pequeño en brazos. Y hasta ahí no me quejo, el problema viene cuando todo el mundo empieza a opinar sobre lo que deberías hacer: mejor llevarlo en un carrito, mejor llevarlo en un foulard, mejor llevarlo en brazos, no, no lo llevéis en brazos, ¿le dais el pecho? mejor el pecho a demanda, mejor dejarle que llore antes de darle el pecho, mejor preparar un biberón, ¿es niño o niña?, mejor hacerle agujeros que ahora le duele menos... en fin, que si intentas hacer todo lo que te cuentan y todo lo que está escrito, te hace falta tener tres o cuatro niños a la vez para hacer un estudio con casos y controles de lo que va bien y de lo que va menos bien...

            Pero claro, el problema es que cada niño es de su padre y de su madre.... (bueno, de su madre y de aquel que lo reconozca en el registro como padre,  que lo de la burocracia me tiene contento también) y no hay dos niños iguales, así que lo que mejor va para uno, a lo mejor no va para otro. Resumiendo, que puedes ir haciendo es LO QUE QUIERAS. Total, los demás no van a estar de acuerdo contigo. Y en algún momento de su vida tu hijo/hija pensará que lo podías haber hecho mejor... Así que me niego a escribir un libro, ni a dar consejos, simplemente voy a seguir mirando y disfrutando de todas las cosas que Elisa haga o deje de hacer... y confío en que dentro de muchos años, un día pueda decirme que no lo hice mal del todo, sin libro de por medio.

Un abrazo y buena lectura.