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martes, 19 de junio de 2018

Evaluación. Clínica. Objetiva. Estructurada.

Los que me conocen o que me leen por aquí saben que soy poco sospechoso de hacerle publicidad a la Universidad en la que trabajo. Me gusta pensar que soy independiente, al menos lo suficiente para poder decirle las cosas que no se hacen bien, las que no me gustan. Por eso, hace ya unos años renuncié a alojar este blog dentro de sus recursos. Para poder tener las manos libres para escribir acerca de lo que me diese la gana.

Pues hoy me da la gana de hablar de la ECOE de Fisioterapia de la UE. Porque a lo largo del último año he estado trabajando en dos proyectos ilusionantes, que se han llevado parte de las horas de mis peques y de mis horas de ocio, dos proyectos relacionados con la fisioterapia, con la fisioterapia que ilusiona, la de hacer las cosas bien, la de hacer que la fisioterapia sea cada día un poco mejor. Del otro proyecto todavía es pronto para hablar (tendré que esperar a finales de agosto), así que hoy dejadme que os hable de la ECOE.

¿Qué coño es eso de ECOE? Esa fue exactamente la misma pregunta que me hice yo cuando nos lo comentaron en la Universidad. ECOE. Evaluación Clínica Objetiva y Estructurada. Soy sincero, pasar de la sigla al nombre ni me dijo ni me ilusionó mucho. En mi universidad, (como supongo que en muchos otros trabajos), que dirección de área, o de departamento, o coordinación, llegue diciendo que hay un proyecto nuevo, traducido al idioma de los que estamos al final de la línea quiere decir que hay que hacer más trabajo. Pero empezamos. Y la conocí. Y me cautivó.

Imaginaos que pudiésemos comprobar si esos conocimientos que hemos estado intentando transmitir a lo largo de cuatro años a los estudiantes se acoplan bien con todas esas competencias transversales que el marco de Bolonia nos propone y que hemos incluido en los planes de estudio. Y que además lo pudiésemos medir en un contexto clínico. Con pacientes (maniquíes, pero sobre todo actores, maravillosos, increíble lo bien que trabajan, una y otra vez las mismas respuestas) a los que podemos testar una y otra vez porque no les vamos a aumentar los síntomas. Y que esa valoración no dependa de lo bien que me caiga el alumno, del feeling que tenga con el tutor de prácticas o de lo cansado que esté yo al corregirlo. Que yo, profesor, sepa en cada momento qué estoy evaluando, pero que tú, alumno, seas ciego a la evaluación. Evaluación. Clínica. Objetiva. Estructurada. Y ahora las palabras empiezan a tener un sentido. Y me gustan.



Pues ya la hemos hecho. Y más allá de las notas, que todavía no son oficiales, me quedo con dos resultados. Los alumnos, encantados (pensad cuantas veces a lo largo de la carrera os habéis divertido haciendo un examen de dos horas y media), nos dicen que este examen les va a ayudar a ser mejores profesionales. Los profesionales (unos valientes, me hubiera encantado estar en vuestro lugar, evaluarme, medirme, conocer mis errores) que participaron en el simulacro y que luego nos acompañaron, convertidos en evaluadores en la evaluación real, más encantados todavía. ¿Es un instrumento perfecto? No, como todos es mejorable. Necesitará que estudiemos qué ha funcionado, qué es lo que hay que cambiar. Necesitará que le hagamos cambios (más trabajo, ahora me pesará menos). Y entonces, ¿por qué me emociona y me ilusiona tanto? Porque abre las puertas. Como docente. No formamos (o no deberíamos formar) alumnos que aprueben exámenes, sino que sepan tratar con personas, no solo que sepan, sino que sepan hacer. Y solamente si podemos medir objetivamente dónde fallan ellos sabremos objetivamente donde estamos fallando nosotros. Y el mejor modo de hacerles mejores a ellos es mejorando nosotros. Como clínico, como fisioterapeuta, me gusta pensar que estamos importando para la fisioterapia española algo que la puede hacer mejor, algo que otros países o que otras profesiones ya tienen instaurado, bien en la universidad bien en el desarrollo profesional Algo que nos puede hacer mejores a los profesionales. Y si lo ha hecho la Universidad en la que trabajo, y lo ha hecho bien, pues hay que decirlo.

Muchas gracias y buena lectura.


viernes, 31 de julio de 2015

De estudiantes y aprendices

Hoy es el último día de curso. A punto de coger las vacaciones es un buen momento para reflexionar sobre una de mis pasiones, la educación y el aprendizaje. Presiento que alguna de mis reflexiones no gustará, pero me da igual.

Llevo dos años trabajando como profesor en una Universidad y de vez en cuando (principalmente en los períodos de exámenes, sobre todo en convocatorias extraordinarias) escucho en boca de otros compañeros una frase-mantra-queja "es que no estudian para aprender, estudian para aprobar". No voy a negarlo. Esa frase también ha salido de mi boca. Y diría más. Esa frase también llegó a mis oídos en mis primeros tiempos de estudiante universitario (ahora en esta segunda etapa, como no escucho/veo a los docentes no he tenido todavía la posibilidad de escucharla, pero seguro que lo piensan).

¿Hay algo de malo en estudiar para aprobar y no para aprender? No voy a entrar a hacer juicios de valor sobre eso, seguramente cada cual tenga su propia idea al respecto. Pero si querría intentar responder a otra pregunta. ¿Por qué el estudiante estudia para aprobar? Según mi opinión lo hace porque es exactamente lo que se le pide que haga, no de una manera directa (no conozco ningún profesor que entre en clase el primer día diciendo "yo lo único que quiero es que aprobéis mi asignatura, me importa un bledo si aprendéis o no",  aunque a lo mejor haberlos hailos, como las meigas). No, no se les pide directamente, pero el sistema tiende a premiar la capacidad de reproducir conocimientos mucho más que la capacidad de aprendizaje. Y el estudiante se organiza (consciente o inconscientemente) en torno a ese objetivo.

¿Por qué tengo esa opinión? Por poner algunos ejemplos: el mejor expediente académico de mi promoción de fisioterapia  empezó periodismo un año después (donde curiosamente volvió a tener mención como mejor expediente académico, luego le perdí la pista, quizás siga coleccionando menciones). Como he dicho antes, el sistema recompensa la capacidad de aprobar y no la capacidad profesional que sería deseable que uno adquiriese durante la formación. Más ejemplos. Después de la universidad, el sistema MIR, o el sistema laboral de oposiciones del estado a cargo público (enfermería, fiscalía, notarios, por citar algunos, o incluso registradores de la propiedad que acaban llegando más lejos) están organizados de tal manera que son los mejores estudiantes y no los mejores profesionales los que destacan. Se valoran los conocimientos y no las capacidades. Y antes de la universidad, durante muchos años la elección de carrera se realizaba exclusivamente en base a la nota obtenida, sobre todo en una prueba de tres días, que no dejaba de ser una oposición (Selectividad, esa palabra que provocaba sudores fríos entre mis compañeros) ¿Y seguimos preguntándonos porqué los estudiantes se preocupan por aprobar y no por aprender? Quizás nos hace falta un poco de autocrítica, ¿no? Llámalo X, o condicionamiento operante, pero si la conducta que se refuerza es la de aprobar, ¿qué esperamos que hagan?

Incluso la raíz etimológica nos tendría que decir algo. Existe una diferencia abismal entre un estudiante y un aprendiz. El estudiante, por definición estudia. El aprendiz aprende. En los oficios, el aprendiz que no aprendía no progresaba, de la misma manera que el estudiante que no estudia no consigue pasar los cursos a la vez que otros compañeros. El aprendiz que estudiaba era por su propia motivación intrínseca. Del mismo modo el estudiante que aprende lo hace por motivación interna no por que el entorno le favorezca esa disposición.

Lo que me lleva a otra reflexión. Dicen los expertos que es necesario saber motivar a los estudiantes (para convertirlos en activos), pero ¿cómo se motiva? ¿cuáles son los conocimientos pedagógicos de los docentes universitarios? Del mismo modo que estudiar no es aprender, saber no es enseñar.

Muchas gracias y buena lectura. Y buen verano!!!