jueves, 28 de agosto de 2014

Si quieres puedes. O quizás no, pero estás más cerca.

Hace unas semanas, empujado por la curiosidad que despiertan en mí los tuits de @ezeyan disfruté con la lectura de esta entrada sobre cómo querer no es poder. Nada que añadir a la entrada. Completamente de acuerdo. Querer no es poder, por mucho que Paulo Coelho y los autores de El Secreto se empeñen en llevarnos la contraria. Y entonces, si estoy de acuerdo con lo que esa entrada comenta... exactamente ¿qué hago aquí? Pues pensar en voz alta, que es en el fondo para lo que me está valiendo el blog.

Es cierto que la RAE define querer en su primera acepción como "desear o apetecer", pero sabemos que no basta con que yo quiera/desee correr los 100 metros en 15 segundos (y ya exagero) para que pueda hacerlo. Pero la RAE, que es sabia como solo la inteligencia colectiva sabe serlo, nos recuerda en su tercera y quinta acepción que querer es también "tener voluntad o determinación de ejecutar algo" y "pretender, intentar o procurar". Claro, aquí la cosa cambia. Si yo quiero/tengo la voluntad/pretendo correr los 100 metros en 15 segundos parece que ya estoy más cerca de conseguirlo que si simplemente lo deseo. Por supuesto, querer sigue sin ser un sinónimo de poder, pero aquí empiezan los matices. Para que Alberto Contador esté pudiendo correr la Vuelta a España después de una fractura en la tibia, no le ha bastado con desearlo, sino que ha tenido una alta dosis de voluntad, de determinación y de trabajo. Ese pretender, ese intentar ejecutar algo es lo que relaciona el querer con el poder.


¿Y todo esto qué tiene que ver con la fisioterapia? Ahora en sanidad está muy de moda la palabra empoderar, y por mucho que nos duela,  decir que la RAE, en el avance de su vigésimo tercera edición la incluye y define como "hacer poderoso o fuerte a un individuo o grupo social desfavorecido". Sin entrar a valorar si el paciente es un individuo desfavorecido o no, sí que parece que nuestra responsabilidad es darle al paciente ese poder para alcanzar, mantener, o recuperar el estado de salud deseado. Eres más poderoso de lo que crees, nos lo recuerda hasta la publicidad de Apple.

Esta claro que no basta con querer curarse para poder curarse, cualquiera que haya perdido a una persona querida por una enfermedad sabe bien esto. Pero podemos estar bastante de acuerdo en que es muy dificil poder curarse sin querer curarse. Este juego de palabras, traducido a lenguaje proposicional, convierte el "querer" en condición necesaria pero no suficiente para "poder". Aceptado que el proceso de salud es un proceso activo no nos basta entonces que el paciente quiera (desee) curarse, sino que quiera (tenga la voluntad, pretenda, intente, procure) curarse. A Dios rogando y con el mazo dando, que dice la tradición refranera española. Necesitamos que el paciente quiera curarse, aunque eso no nos garantice que lo consiga.

Cuantas veces he oído a un compañero decir "ese paciente no quiere mejorar" como explicación para los nulos avances en su tratamiento. Podemos pararnos ahí o seguir probando técnicas nuevas. O quizás, en esas ocasiones, lo necesario, nuestra responsabilidad como agentes de cambio, sea estimular esa voluntad, esa motivación que convierte un deseo en una acción, una acción en un trabajo, un trabajo en un resultado. Nadie coronó una montaña sin quererlo, y sin esforzarse para conseguirlo. Querer no es poder. Pero es un buen principio.

Gracias y buena lectura.

Imagen:"Alberto Contador (Tour de France 2009 - Stage 17)" by McSmit - Own work. Licensed under Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0-2.5-2.0-1.0 via Wikimedia Commons - http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Alberto_Contador_(Tour_de_France_2009_-_Stage_17).jpg#mediaviewer/File:Alberto_Contador_(Tour_de_France_2009_-_Stage_17).jpg

lunes, 25 de agosto de 2014

Vacaciones

Hoy no me apetece hablar de fisioterapia. Hoy estoy de vacaciones, así que hablaré de eso. De las vacaciones que fueron, de las que son, de las que serán. Como si Dickens hubiese decidido mandarme sus fantasmas para un cuento de verano.

El fantasma de mis vacaciones pasadas tiene un color, el verde. Y un olor, el que emana del cuerpo de los animales durmiendo en un pajar. Creo que todas mis vacaciones, o al menos todas las que recuerdo, tienen como epicentro una aldea perdida en el corazón de Galicia. Aldea suena incluso pretencioso. Más bien ocho casas mal dispuestas y mucho bosque alrededor. En el centro de ese epicentro la casa de mi abuelo, un pajar, que por allí se llama palleira, y vacas, cerdos, gallinas, perros... Me recuerdo siempre mirando los ojos de las vacas, esos ojos grandes y limpios, ¿cómo nos verán ellas? Pero mis vacaciones no solo eran vacas. Lo mejor de aquellas vacaciones, lo que hace que pertenezcan para siempre al terreno dorado de la infancia es la presencia de la familia alrededor, madre, padre, hermanas. Abuelos míticos y vivos. Bisabuelos mitológicos y muertos, tíos, primos, gente de paso... no siempre bien avenidos, pero siempre juntos, alrededor de una baraja de cartas, de un horno de cocina en una tarde de lluvia (sí, en Galicia a veces llueve), comiendo pulpo o churrasco, sacando patatas o maíz, según tocase. Viajando todos juntos encima de un carro de hierba recién cortada... no sé como eran las vacaciones de los demás niños. Las mías fueron perfectas. Mil gracias a los que las hicisteis posibles.

Luego crecí. Y quién sabe si por esa parte de sangre del noroeste que llevo en las venas me hice emigrante. Y como buen emigrante seguí religiosamente respetando esa cita. Todos los años, el verano me encontraba puntual en Berres (sí, la aldea tenía incluso un nombre). Como si ese viaje me devolviese momentaneamente a la infancia. Ya no estaban mis abuelos. Algunos primos no aparecían por allí. Mi padre dejó de viajar para siempre hace unos años. Ya no quedaban vacas, ni perros ni gallinas. Pero algo me seguía llevando en aquellos campos a mi infancia.

Este año no. Este año, por vez primera mis vacaciones no pasan por Galicia. Y sin embargo tienen un olor inconfundible. Más reciente, más rico, más fresco. Mientras escribo estas líneas en La Vera (y que nostalgia de alguna tarde de lluvia o de un poco de niebla, carallo) Elisa duerme con su madre. Mis vacaciones de este año huelen a su leche, a su piel sudada. Tienen el sonido de sus llantos, de sus primeras vocalizaciones. Serán, por diferentes, únicas. Nunca tan poco me importó el qué hacer, el dónde ir, o el qué ver. En este momento todo lo llena su presencia.

¿Y mis vacaciones futuras? No sé ni dónde ni cómo. Durante tiempo pensé que era el sitio lo que hacía maravillosas mis vacaciones, luego, a medida que el sitio permaneció inmutable y fueron faltando los actores me di cuenta que eran las personas que la poblaban las que hacían de aquella casa un sitio mágico. Me gustaría que todas mis próximas vacaciones fuesen para Elisa ese lugar mítico y mágico al que volver cuando de mayor se sienta un poco perdida. Cuando la adulta que será tenga morriña de la niña que todavía no es. Será mi manera de seguir agradeciendo las vacaciones que yo tuve... 

Gracias y buena lectura.

miércoles, 30 de julio de 2014

Importando conocimientos. Comunicación y emociones.


"La fisioterapia es el arte y ciencia..." Muchos fisioterapeutas nos hemos formado escuchando estas palabras (OMS, 1968) desde las primeras lecciones. Gracias al trabajo y al empeño de algunos compañeros, la primera parte de esta definición es nuestro pasado, mientras que la segunda marca claramente nuestro presente y nuestro futuro.
En la búsqueda constante para mejorar la calidad de nuestros tratamientos (una de las motivaciones que impulsan la investigación científica), buena parte del viaje ha tenido como motor la terapia manual, que ha presentado estudios con un rigor científico cada vez mayor, rigor que se ha contagiado en los últimos años a la electroterapia, con estudios  sobre técnicas cuyos nombres o marcas pueden resultar nuevos, pero cuyas bases físicas y fisiológicas nos han acompañado siempre. Toda la evidencia científica recogida en este tiempo nos ha permitido conseguir resultados mejores, en menos tiempo, y más duraderos. A pesar de ello, en algunas ocasiones, nuestros tratamientos no obtienen los efectos esperados. El enfoque biopsicosocial de la salud (Engel, 1977) nos ofrece una perspectiva diferente, más amplia, que nos ayuda para seguir mejorando, apoyándonos en campos tan dispares como la teoría de la comunicación o la psicología de la emoción. Campos que quizás nos puedan parecer lejanos de nuestro marco conceptual, pero que, por poner un ejemplo, no lo son más que la arquitectura, de la cual hemos tomado prestado el concepto de tensegridad.

Resulta habitual, en la formación pre y post grado del fisioterapeuta, incidir en la necesidad de una buena entrevista clínica que nos permita recoger la mayor cantidad de información sobre la situación del paciente, sin embargo, no resulta tan habitual recordar al profesional que la comunicación verbal, en la que basamos ese proceso, representa entre el 7% y el 40% (Mehrabian, 1967; Davis, 2005) de todo el intercambio. Esa cantidad de datos perdidos se convierte en un sesgo que tendrá consecuencias en nuestro tratamiento. Dentro de ese contexto, la escucha activa, prestando atención no solamente a lo que se nos dice sino a la manera de decirlo, a la gestualidad asociada y a los silencios de la conversación, puede convertirse entonces en una técnica de recogida de datos que completará la valoración articular, muscular y funcional.



Otra ciencia que ha experimentado un gran crecimiento en los últimos años (y el programa divulgativo Redes es un buen ejemplo de ello) es la psicología de las emociones. Los estudios de neurólogos como Damasio han permitido conocer cada vez mejor el funcionamiento de la amígdala en las reacciones emocionales. La visita que una persona con dolor o limitación funcional realiza a un profesional sanitario tiene probablemente un carácter emocional más intenso para el paciente de lo que pueda tener llevar el coche al taller o reparar un disco duro. En este contexto emocional, saber reconocer las señales de alarma, validar al paciente en sus miedos y compartir sus objetivos pueden ser nuevas herramientas que inclinen el resultado del tratamiento hacia aquello que paciente y fisioterapeuta esperan. Uno de los libros que más influencia ha tenido en la evolución de la fisioterapia en los últimos años, Explicando el dolor (Butler, 2003) es un buen ejemplo de la importancia de los avances en este sentido.


La lista de disciplinas científicas de las que la fisioterapia puede y debe nutrirse sería mucho más extensa. Nuestra responsabilidad como profesionales de la salud es la de ofrecer un verdadero tratamiento global, y no sólo estructural o funcional, a nuestro paciente.  Y como exponentes de una salud basada en el conocimiento científico ese tratamiento debe basarse en ciencia y no en otros conocimientos. La frase "eso no se aprende en ningún sitio, se va desarrollando con el tiempo" refiriéndose a estas habilidades, se ha repetido tantas veces que podría pasar por cierta, pero resulta tan errónea como la afirmación de que para aprender a realizar movilizaciones con movimiento o punción seca bastará con dejar pasar el tiempo y estos conocimientos se instaurarán por ósmosis en nuestro intelecto. Eso suena a magia, y va siendo hora de dejar el arte, otra vez, atrás.

Gracias y buena lectura.

Artículo publicado previamente en www.instema.net
Imagen por CleftClips bajo licencia Creative Commons

viernes, 25 de julio de 2014

La Costa Concordia y la gestión del riesgo clínico.

Mientras escribo esta entrada la Costa Concordia sigue navegando hacia el puerto de Génova. Me sirve la Costa Concordia para hablar de lo que quiero hablar hoy, pero podría hablar de la curva de Angrois, del Prestige, del vuelo de Spanair, o del avión que ha caído hoy en Mali... quizás simplemente hablo de la Costa Concordia porque conocí a algunos de los hombres que la hicieron y es a la vez suficientemente lejana para nosotros como para que no nos afecte en primera persona. 

Cuando se piensa en la Costa Concordia, y sobre todo si uno vivía en Italia en aquel momento como me pasaba a mí, viene a la cabeza el comandante Francesco Schettino... y asociado a su nombre llega hasta la boca un calificativo que es a la vez una sentencia. Culpable. No. No voy a defender su inocencia ni a criticar su culpabilidad, de eso ya se encargan los jueces, y como suele pasar, antes de ellos, los periodistas y la opinión pública. No, yo quiero hablar de algo más pequeño. De algo infinitamente más pequeño y que sin embargo sucede en nuestros trabajos todos los días. Alguna vez. Varias veces. Muchas veces. Los errores. Los errores mudos, que no salen en los informes. O los errores que no llegan a causar problemas simplemente por una cuestión de suerte.

Quizás sea porque confundimos error con culpa. Quizás sea porque desde pequeños, ante un error, lo que la sociedad nos enseña es a barruntar un "no he sido yo" cuando en el fondo sabemos, como se dice ahora, que la hemos liado parda. El caso es que parece que no existen los errores. O que son mucho más raros de lo que verdad son. O mejor aún, que existen y no valen para nada. Cuando precisamente, si algo sirve en esta vida son los errores. Pero para eso hay que cometerlos. Asumirlos. Compartirlos. Aprender de ellos. Y eso nos cuesta.

Una de las fisioterapeutas que más aprecio realizó un maravilloso trabajo de fin de grado sobre los errores clínicos en fisioterapia. Tuve la suerte de leerlo y comentarlo con ella muchas veces. Probablemente (y a pesar de que esta semana se empeñe en llevarnos la contraria) la aviación es el campo técnico donde los errores están más controlados. La gestión del riesgo (el Risk Management para esos a los que le molan los palabros ingleses, que así parece más importante) en aviación demuestra que el error no es nunca producto de un simple acontecimiento, sino de una cadena de sucesos. Eso hace que cuando existe un "incidente adverso" no exista un culpable (no hablo de culpable en términos jurídicos) sino muchos responsables. Volviendo a la Costa Concordia, la responsabilidad no cae solamente en el capitán, sino también en el segundo que le autoriza a hacer una maniobra prohibida, en todos aquellos que durante años han permitido que esa maniobra prohibida se hiciese sin decir nada, en aquellos que han permitido que al frente de aquel barco hubiese gente que hacía maniobras prohibidas...

En fisioterapia (e imagino en otras profesiones) pasa un poco lo mismo. Las cosas se hacen mal, o por decirlo con un eufemismo, no del mejor modo posible. Y a veces, la mayoría, no sucede nada. Y otras (pocas por suerte para nosotros) a algún paciente le toca la china y se lleva una quemadura, una caída,  un retraso en su recuperación, un aumento de su patología, o algo peor. Entonces nos miramos y ponemos cara de "qué ha pasado aquí", nos apenamos mucho y al final no cambia nada y simplemente esperamos que "eso" no vuelva a pasar. Pensamos al error como un solo acontecimiento sin darnos cuenta de que el error es toda la cadena que ha permitido que eso pase.

Pues la gestión del riesgo no es eso. La gestión del riesgo es tomar nota (y no siempre lo hacemos) de aquello que no ha funcionado. Tomar nota de aquellas cosas en las que aunque no haya sucedido ningún evento adverso hubiese podido suceder (y si lo otro no siempre lo hacemos, esto ya es irreal). Tomar nota de todo (porque no sabemos a priori dónde surgirá el error). Y a partir de ahí, establecer una cadena de responsabilidades. Identificar dónde residen los puntos débiles del sistema. Hacer modificaciones. Asumir los errores. Comentarlos con otros. Corregirlos. Pero para eso hay que tener voluntad de asumir que nos equivocamos. Asumir, y dejar por escrito, las cosas que hacemos mal (o que podríamos hacer mejor). Y que sean otros los que las valoren. Sin ánimo de juzgar. Simplemente con el espíritu de que todos mejoremos nuestro trabajo. Pero claro, a ver quien tiene el valor de publicar un tuit diciendo "lo he hecho mal", cuando lo que mola es publicar uno diciendo "lo he hecho bien". Pues señores, se aprende de los dos. Y los necesitamos. A lo mejor no tenemos que descubrir nada nuevo para ser mejores. Simplemente hacer mejor lo que creemos que hacemos bien.

Gracias y buena lectura.

viernes, 18 de julio de 2014

Chillida. Fosbury. Viajar.

            Hace un par de meses tuve el honor de ser invitado para hablar delante de los estudiantes de último año de grado de la Universidad Europea de Madrid. Viendo como está el patio laboral por aquí y conociendo mi experiencia más allá de las fronteras patrias mi charla versó sobre una de las cosas que mejor se hacer y que más útil les podía resultar: los viajes. Como dije allí, un viaje no es solamente el acto de ir de un sitio a otro, sino que el verdadero viaje, el viaje que nos mueve constantemente es una actitud ante la vida. Como decía la frase de Anibal en la publicidad de Johnny Walker "Encontraremos un camino. Y si no, lo haremos". (Por cierto, que bien queda el inglés... porque no creo que nadie comprase un botella  de un whisky llamado Juan Andarín).

            Reproducir en el formato de un post una charla informal es imposible, pero quiero aprovechar para compartir un par de detalles sobre esa actitud ante los viajes. Un par de anécdotas de dos hombres que nunca pasarán a la historia como grandes viajeros. Y que sin embargo lo fueron.

            Cualquiera que haya dado una vuelta por San Sebastian, o por A Coruña, o por Gijón, o por otras ciudades españolas, habrá visto sus obras. Eduardo Chillida es probablemente uno de los escultores más importantes que ha tenido España en el siglo XX. Chillida abandonó sus estudios en la Escuela de Arquitectura para dedicarse a la escultura, y ese fue el primer viaje que nos enseñó. La necesidad que a veces nos obliga a abandonar un camino para poder transitar otro. Quizás algunos ya sabían esto. Lo que muchas menos personas saben es que antes de abandonar la Escuela de Arquitectura uno de sus profesores, viendo la facilidad con la que dibujaba con su mano derecha, casi sin esfuerzo, le invitó a intentar hacer sus dibujos con la mano izquierda. Chillida cuenta en alguna de sus entrevistas, que de esa manera, teniendo que prestar una nueva y mayor atención a lo que antes le salía natural, obligaba a su cerebro a buscar nuevas respuestas, a pensar, a cambiar el punto de vista. Que gran metáfora del viaje. Seguir haciendo aquello que hacemos bien, aquello que no nos resulta difícil, es cómodo y quizás podamos confundirlo con nuestro éxito. Pero para crecer, para evolucionar, nos hace falta salir de ese espacio de seguridad. Asomarnos a nuestros propios límites. Y dejar que el cerebro haga el resto. Como cuando dejó la arquitectura, demostró que viajar es ser capaz de abandonar.


            A Dick Fosbury lo hemos visto hace poco en televisión haciendo anuncios. No, no pasará a la historia por eso. Ganó una medalla olímpica. Y aunque eso es mucho más difícil tampoco será por eso por lo que se le recuerde (y al que crea que sí le reto... ¿quién gano la medalla olímpica de salto de altura en los juegos de Atenas 2004?). Lo que hará que Fosbury sea recordado durante mucho tiempo es que cambió la manera de saltar. Viendo ahora las imágenes parece impensable saltar de otra manera. Pero si es impensable es por que él se atrevió primero (y porque además de hacerlo, venció... la victoria siempre es una buena ayuda para cambiar las cosas).

            Fosbury no era un atleta magnífico (de hecho nunca consiguió hacer el record del mundo con su propia técnica) pero seguramente era un magnífico inconformista. Llegó hasta su límite haciendo aquello que se había siempre hecho, y viendo que aquel límite le quedaba estrecho intentó buscar una nueva manera de hacer las cosas. Y la encontró. Más eficaz. Más eficiente. Y más bonita. Con su salto Fosbury nos regaló otro tipo de viaje. Un viaje más allá del pensamiento único, más allá del "se hace así porque siempre se ha hecho así y porque todos lo hacen así". Nos enseñó que si se hace así es porque a lo mejor a nadie se le ha ocurrido hacerlo de otra forma. Viajar es experimentar.

            Ojala esos chicos que acababan la carrera ese día sean capaces de viajar como lo hicieron Chillida y Fosbury. Experimentando y abandonando. Abandonando y creciendo.  Ojala todos seamos capaces de seguir viajando como lo hicieron ellos.


            Muchas gracias y buena lectura.

lunes, 14 de julio de 2014

Lo que la fisioterapia NO ES...

        Ahora, que es verano, alguno de vosotros se estará preparando para afrontar el último año del grado. Otros estaréis simplemente deseando que llegue septiembre para empezar, o continuar, esa carrera en la que habéis puesto tantas expectativas. Alguno se acabará de incorporar al grupo de graduados. Y muchos, la mayoría, contamos con el verano como ese momento en el que digerir y procesar todo lo que hemos vivido a lo largo del año. Para todos, pero sobre todo para los que se están acercando a la fisioterapia por primera vez, va dedicado este post.

        La fisioterapia no es dar masajes. Un clásico. Lo comparto. Lo preciso. La fisioterapia no es SOLO dar masajes. Es dar masajes cuando el masaje entra dentro de las técnicas que consideramos adecuadas en ese momento y con esa persona. Es dar masajes cuando hay un porqué que lo justifica. Es dar masajes como es hacer estiramientos, como es poner vendajes, como es enseñar un ejercicio. Que no os moleste quien os diga que hacéis masajes. Tiene razón. Los hacemos. Y muy bien. Y sabemos por qué los hacemos.

        La fisioterapia no es una ciencia exacta. No busquéis en ella un libro gordo de recetas donde ponga que siempre que os encontráis un caso A es necesario recorrer este o aquel camino para llegar a B. Desconfiad de quien os ofrezca esos "métodos infalibles" porque lo hacen prostituyendo el nombre de la fisioterapia. Pero no olvidéis nunca que la fisioterapia ES UNA CIENCIA (mal que le pese a algunos, mal que lo lleven otros). Una ciencia que os ayudará a encontrar, a buscar, a crear vuestros caminos para ir desde A hasta donde os haga falta llegar. Si queréis dedicaros al arte, comprad una guitarra.

         La fisioterapia no es una misión, ni una pasión. Es una ciencia, una profesión, un trabajo. Desprovista de mística y de misterio es cierto, pero también desprovista de creencias o de opiniones interesadas. No hacemos milagros. Hacemos un trabajo que quien no entiende a veces califica como milagro. Y como cualquier otra profesión, su ejercicio no debe ser el centro de vuestras vidas. Hay vida más allá de la fisioterapia... no es necesario dedicarle veinticuatro horas al día para ser un óptimo fisioterapeuta. No es necesario que sea vuestra única pasión. Lo que de verdad necesita es que pongáis toda vuestra pasión en las horas que decidáis dedicarle.

          La fisioterapia no cura a nadie. Brutal afirmación. La eterna diferencia entre el "to cure" y el "to care". Ayudamos a los procesos de salud del cuerpo. Ayudamos a que la gente SE CURE. Y ese cambio de sujeto no es casual y está cargado de significado. Ahora lo llaman "empoderar al paciente". En fisioterapia lo hemos sabido siempre (aunque a algunos, volendo o nolendo, a veces lo han olvidado).

         La fisioterapia no trata con pacientes. Trata con PERSONAS. Trata con personas que a veces son pacientes, y otras muchas no. Trata con personas que tienen dolor, que están cansados, que están enfadados, que han perdido la energía y a veces hasta la ilusión. Trata con personas que quizás no están en el mejor momento de su día, ni de su mes. Personas que requieren que la paciencia la tengamos nosotros. Un día. Otro día. Un mes. Muchos meses. Parafraseando a Bertolt Bretch no se trata de ser imprescindibles, basta con ser buenos. Si no entiendes profundamente al ser humano que tienes delante, difícil será que le ayudes a curarse.

       La fisioterapia no es el mejor trabajo del mundo. Es uno más. No es un modo para hacerse rico. Es una manera de ganarse la vida. Pero a mí, quince años después de haber acabado la carrera, me sigue gustando ganarme la vida con ella.

      Gracias y buena lectura.

Pd: "Hay hombres que luchan un día, y son buenos.
Hay hombres que luchan un año y son mejores.
Hay hombres que luchan muchos años, y son muy buenos.
Pero hay hombres que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles."
Bertolt Bretch

sábado, 12 de julio de 2014

Tener un libro. Escribir en un árbol. Plantar un hijo.


            "Aquí el más tonto hace relojes".  Esta era una frase que repetía constantemente uno de los entrenadores que tuve cuando me dedicaba al noble ejercicio de perseguir y patear una pelotita en pantalón corto. La verdad es que nunca llegué a entender bien la frase (el deporte tampoco, me pasaba más tiempo en el banquillo que jugando) pero a base de escucharla y escucharla se me quedó grabada. Y hoy, pensando en lo que iba a escribir para este post me ha venido a la mente.

            Soy padre. O para ser más exactos, estoy en el proceso de aprender a serlo. Porque lo de la paternidad es uno de esos aspectos de la vida en los que te dan un título sin hacerte ningún examen, y luego ahí te las apañes tú para aprender lo que eso significa y lo que tienes que hacer. Eso sí, no os preocupéis si no lo tenéis claro, porque si hay algo que ya he aprendido es que tienes más libros sobre la paternidad/maternidad de los que te va a dar tiempo a leer a lo largo del embarazo.  Como decía al principio, aquí el más tonto hace relojes, y entre reloj y reloj escribe libros sobre como cuidar a los niños.

            Creo que existen frases malinterpretadas. La de "Plantar un árbol. Tener un hijo. Escribir un libro" es una de ellas. Mucha gente la entiende por "plántate en un árbol y escribe un libro sobre tener un hijo". Claro, así nos va. Hasta hace dos meses yo pensé que el argumento sobre el que más opinaba la gente era sobre deporte y sobre el tiempo, como si todo el mundo fuese meteorólogo y seleccionador nacional. Ahora ya se que no. Lo que tiene todo el mundo es un Master en Pedagogía, Pediatría y Puericultura. En el momento en el que tienes un hijo te das cuenta de que lo de la fisioterapia no es intrusismo... Es más fácil encontrar un libro sobre bebes en una librería que un artículo de Fernández de las Peñas en una búsqueda bibliográfica... A lo mejor incluso tiene ya algún artículo sobre los bebes... 

            Imagínate que vas por la calle con un vendaje en la mano y la gente se te acercase a preguntarte como estás. Eso es lo que pasa cuando vas con un niño pequeño en brazos. Y hasta ahí no me quejo, el problema viene cuando todo el mundo empieza a opinar sobre lo que deberías hacer: mejor llevarlo en un carrito, mejor llevarlo en un foulard, mejor llevarlo en brazos, no, no lo llevéis en brazos, ¿le dais el pecho? mejor el pecho a demanda, mejor dejarle que llore antes de darle el pecho, mejor preparar un biberón, ¿es niño o niña?, mejor hacerle agujeros que ahora le duele menos... en fin, que si intentas hacer todo lo que te cuentan y todo lo que está escrito, te hace falta tener tres o cuatro niños a la vez para hacer un estudio con casos y controles de lo que va bien y de lo que va menos bien...

            Pero claro, el problema es que cada niño es de su padre y de su madre.... (bueno, de su madre y de aquel que lo reconozca en el registro como padre,  que lo de la burocracia me tiene contento también) y no hay dos niños iguales, así que lo que mejor va para uno, a lo mejor no va para otro. Resumiendo, que puedes ir haciendo es LO QUE QUIERAS. Total, los demás no van a estar de acuerdo contigo. Y en algún momento de su vida tu hijo/hija pensará que lo podías haber hecho mejor... Así que me niego a escribir un libro, ni a dar consejos, simplemente voy a seguir mirando y disfrutando de todas las cosas que Elisa haga o deje de hacer... y confío en que dentro de muchos años, un día pueda decirme que no lo hice mal del todo, sin libro de por medio.

Un abrazo y buena lectura.